el escote de Saiko
Sábado, pasada la medianoche.
O sea domingo.
Estoy en el depto de mis amigas Carla, Bárbara y Valeria, aunque "la Val" haya sido mi polola en el colegio y después siendo mechón, hoy soy el hermano de todas ellas.
Me aman, y su mamá me ama también.
Tamara, la menor, porque sí, ¡son cuatro hermanas!, también me ama.
Y nada, Carla cumplía sus diecinueve junto a algunos compañeros de U, y a puertomonttinos que coincidían con nosotros en haberse venido a estudiar a Santiago.
- Hola, buena Pineda - me dijo uno.
¿Y este hueón quién es? pensé. Y claro, si lo afeitabas, lo rapabas y le ponías un pelo de pendejo mamón, obvio, era uno de esos pendejos de octavo básico a los que les quitabas las canchas de básquetbol (deporte por excelencia en mi sur) en los recreos cuando estábamos en cuarto medio.
Y así, tuve que afeitar, rapar y ponerle peluca ad-hoc a muchos chicos que no veía hace cinco años. Los cinco que llevo en Santiago.
Jajaja, la raja, pero sí ese hueón era un hueón todo perno, y ahora casi es Noel Gallagher.
Me reí un buen rato.
¡Ring! ¡Ring!
Era Javiera, una de mis mejores amigas.
La iquiqueña que usamos como escala cuando nos fuimos a Macchu Picchu hace dos años.
La chica más honesta, sencilla, simple y clara que conozco.
Mi amiga, la Javi.
- Hola Pedrito.
- Y tú ¿a esta hora llamando?, ¿a qué me vas a invitar?.
- Nada, que como la otra vez dijimos que hacía mucho tiempo no conversábamos ni hacíamos algo juntos te llamaba, pa ver si...
- ¡Ja! te paso a buscar en quince minutos más, porque voy saliendo a La Batuta. Tocan unos grupos que quiero escuchar y voy solo.
Se lo dije pensando que no sólo no me importaba ser seguramente su plan B, o quizá C, esa noche, sino que me encantaba que fuera así de carerraja de llamarme pa' salir tan tarde.
Se notaba que confiaba en mí.
Que éramos amigos.
No sé si los mejores, pero con ganas de serlo (Siempre me he imaginado con ella a los 70 años revolviendo una taza de té).
El camino a La Batuta fue casi una pasada de lista, pero sin té, de los últimos dos meses en los que no nos habíamos propuesto sentarnos a hablar.
Mientras que caminar dentro de La Batuta, era lo más cercano a sentirse parte de un embutido.
(Me gustó Polter, unos chicos creo que de Ovalle, y que sí suenan en la radio. Son buenos, sonaron la raja, y se les ve buenos cabros, al menos esa impresión me dio cuando saludé al bajista con el pulgar hacia arriba).
Miraba a la Javi, con la misma lata verde de Heineken (cover peliento) y me daba cuenta que ella estaba ahí, porque yo estaba ahí. Y yo estaba ahí porque Denisse Malebrán estaba ahí. Y Denisse Malebrán estaba ahí, porque su grupo, Saiko, estaba ahí.
- Te apuesto que empiezan con "Las Horas" - le dije al oído a través de sus largos y castaños rulos.
La base, con campanas al inicio de la canción me dio la razón.
Estaba feliz.
Siempre he pensado que si los monjes Budistas, Zen, Shaolín (bombín) o cualquier otro que experimente algún tipo de iluminación como el Satori, hubiesen tenido la posibilidad de escuchar The Strokes, se hubieran hace rato dejado crecer el pelo y la barba, hubieran agarrado una cerveza, o bueno, Sake, y sentirían el mismo grado de iluminación que siento yo cuando escucho un tema que me gusta.
Todos mis amigos y todas mis amigas que hacen yoga me dicen que no.
Que nada que ver po Pedro.
Que la meditación es otra cosa.
Y yo les respondo que las dos veces que he intentado meditar en mi vida, una a los trece años, todo precoz y curioso por lo oriental, me quedé casi dormido y la otra, el verano pasado junto a un lago Llanquihue nublado, en posición casi loto y todo (maldita mala elongación), terminé tirándole piedritas a otra más grande para ver como rebotaban, por casi una hora.
La hueá es que, para mí, no hay nada como escuchar la música que conoces, que te gusta. Que te vuelva loco como va a pasar en unos meses más con The Strokes en Chile.
Pero anoche tenía un problema visual.
Y era el escote de Denisse, la vocalista.
En las canciones de su nuevo disco, me pillé un par de veces calculando cuánto había bajado el cierre de su polera, que llegaba hasta el ombligo. En las canciones de discos anteriores, las famosas, no me acordé de nada aparte de la letra y mover la cabeza.
Y claro, los gritos "mijita rica" matando el silencio entre un tema y otro, le quitaban todo el aura de rockandrollero que su pose y el humo coloreado le daban al ambiente.
Y uno pensaba, "este saco 'e huea viene por la pura mina".
¡Qué paja ser el baterista, el bajista o el guitarrista de Saiko! pensé. Todo tu esfuerzo, todo tu talento, todo tu trabajo y tu gusto musical por hacer de cada tema algo conmovedor y transgresor, y un pobre hueón (porque considero pobre hueón a cualquiera que se atreva a gritar eso en vez de ir sobrio y decírselo) gritando eso, que seguro ni escuchó tu interpretación. Tu juego con tu instrumento.
Por eso, más saco 'e huea me sentía, cada vez que buscaba la sombra, la demarcación de sus senos.
No me gusta hablar con los escotes de las minas, porque siempre me pasa lo mismo. Siento el esfuerzo que hace mi cuello por mantenerse recto cuando hablo con alguna chica. No habría nada de feo (feo para mí) si al mirar "pa' bajo" quedase claro que no busco, calentón, una abertura en la ropa, pero como eso no está claro en mi país (¿en cual sí?), sigo prefiriendo los botones abrochados. Y así, si de volado miro pa' donde sea, que no exista una segunda intención.
Otra cosa muy distinta, es decir, vamos a ver escotes (es imbécil, lo sé, pero yo soy imbécil), porque me encanta el cuerpo de algunas mujeres, como a todos ¿no?.
Pero yo estaba conversando con Denisse po, escuchando cómo cantaba, y yo gritándole (¡qué linda conversación!) sincronizado, la letra de sus canciones.
Creo que me quedé más tranquilo conmigo cuando, sentado, a la salida de La Batuta la vi pasar y le aplaudí, haciéndole sentir que valoraba su voz, su música.
Ella no escuchó el aplauso, pero lo vio, y toda tierna me dijo hola, con la boca y con la mano.
Y ah! iba con un polerón amarrado hasta el mentón.
O sea domingo.
Estoy en el depto de mis amigas Carla, Bárbara y Valeria, aunque "la Val" haya sido mi polola en el colegio y después siendo mechón, hoy soy el hermano de todas ellas.
Me aman, y su mamá me ama también.
Tamara, la menor, porque sí, ¡son cuatro hermanas!, también me ama.
Y nada, Carla cumplía sus diecinueve junto a algunos compañeros de U, y a puertomonttinos que coincidían con nosotros en haberse venido a estudiar a Santiago.
- Hola, buena Pineda - me dijo uno.
¿Y este hueón quién es? pensé. Y claro, si lo afeitabas, lo rapabas y le ponías un pelo de pendejo mamón, obvio, era uno de esos pendejos de octavo básico a los que les quitabas las canchas de básquetbol (deporte por excelencia en mi sur) en los recreos cuando estábamos en cuarto medio.
Y así, tuve que afeitar, rapar y ponerle peluca ad-hoc a muchos chicos que no veía hace cinco años. Los cinco que llevo en Santiago.
Jajaja, la raja, pero sí ese hueón era un hueón todo perno, y ahora casi es Noel Gallagher.
Me reí un buen rato.
¡Ring! ¡Ring!
Era Javiera, una de mis mejores amigas.
La iquiqueña que usamos como escala cuando nos fuimos a Macchu Picchu hace dos años.
La chica más honesta, sencilla, simple y clara que conozco.
Mi amiga, la Javi.
- Hola Pedrito.
- Y tú ¿a esta hora llamando?, ¿a qué me vas a invitar?.
- Nada, que como la otra vez dijimos que hacía mucho tiempo no conversábamos ni hacíamos algo juntos te llamaba, pa ver si...
- ¡Ja! te paso a buscar en quince minutos más, porque voy saliendo a La Batuta. Tocan unos grupos que quiero escuchar y voy solo.
Se lo dije pensando que no sólo no me importaba ser seguramente su plan B, o quizá C, esa noche, sino que me encantaba que fuera así de carerraja de llamarme pa' salir tan tarde.
Se notaba que confiaba en mí.
Que éramos amigos.
No sé si los mejores, pero con ganas de serlo (Siempre me he imaginado con ella a los 70 años revolviendo una taza de té).
El camino a La Batuta fue casi una pasada de lista, pero sin té, de los últimos dos meses en los que no nos habíamos propuesto sentarnos a hablar.
Mientras que caminar dentro de La Batuta, era lo más cercano a sentirse parte de un embutido.
(Me gustó Polter, unos chicos creo que de Ovalle, y que sí suenan en la radio. Son buenos, sonaron la raja, y se les ve buenos cabros, al menos esa impresión me dio cuando saludé al bajista con el pulgar hacia arriba).
Miraba a la Javi, con la misma lata verde de Heineken (cover peliento) y me daba cuenta que ella estaba ahí, porque yo estaba ahí. Y yo estaba ahí porque Denisse Malebrán estaba ahí. Y Denisse Malebrán estaba ahí, porque su grupo, Saiko, estaba ahí.
- Te apuesto que empiezan con "Las Horas" - le dije al oído a través de sus largos y castaños rulos.
La base, con campanas al inicio de la canción me dio la razón.
Estaba feliz.
Siempre he pensado que si los monjes Budistas, Zen, Shaolín (bombín) o cualquier otro que experimente algún tipo de iluminación como el Satori, hubiesen tenido la posibilidad de escuchar The Strokes, se hubieran hace rato dejado crecer el pelo y la barba, hubieran agarrado una cerveza, o bueno, Sake, y sentirían el mismo grado de iluminación que siento yo cuando escucho un tema que me gusta.
Todos mis amigos y todas mis amigas que hacen yoga me dicen que no.
Que nada que ver po Pedro.
Que la meditación es otra cosa.
Y yo les respondo que las dos veces que he intentado meditar en mi vida, una a los trece años, todo precoz y curioso por lo oriental, me quedé casi dormido y la otra, el verano pasado junto a un lago Llanquihue nublado, en posición casi loto y todo (maldita mala elongación), terminé tirándole piedritas a otra más grande para ver como rebotaban, por casi una hora.
La hueá es que, para mí, no hay nada como escuchar la música que conoces, que te gusta. Que te vuelva loco como va a pasar en unos meses más con The Strokes en Chile.
Pero anoche tenía un problema visual.
Y era el escote de Denisse, la vocalista.
En las canciones de su nuevo disco, me pillé un par de veces calculando cuánto había bajado el cierre de su polera, que llegaba hasta el ombligo. En las canciones de discos anteriores, las famosas, no me acordé de nada aparte de la letra y mover la cabeza.
Y claro, los gritos "mijita rica" matando el silencio entre un tema y otro, le quitaban todo el aura de rockandrollero que su pose y el humo coloreado le daban al ambiente.
Y uno pensaba, "este saco 'e huea viene por la pura mina".
¡Qué paja ser el baterista, el bajista o el guitarrista de Saiko! pensé. Todo tu esfuerzo, todo tu talento, todo tu trabajo y tu gusto musical por hacer de cada tema algo conmovedor y transgresor, y un pobre hueón (porque considero pobre hueón a cualquiera que se atreva a gritar eso en vez de ir sobrio y decírselo) gritando eso, que seguro ni escuchó tu interpretación. Tu juego con tu instrumento.
Por eso, más saco 'e huea me sentía, cada vez que buscaba la sombra, la demarcación de sus senos.
No me gusta hablar con los escotes de las minas, porque siempre me pasa lo mismo. Siento el esfuerzo que hace mi cuello por mantenerse recto cuando hablo con alguna chica. No habría nada de feo (feo para mí) si al mirar "pa' bajo" quedase claro que no busco, calentón, una abertura en la ropa, pero como eso no está claro en mi país (¿en cual sí?), sigo prefiriendo los botones abrochados. Y así, si de volado miro pa' donde sea, que no exista una segunda intención.
Otra cosa muy distinta, es decir, vamos a ver escotes (es imbécil, lo sé, pero yo soy imbécil), porque me encanta el cuerpo de algunas mujeres, como a todos ¿no?.
Pero yo estaba conversando con Denisse po, escuchando cómo cantaba, y yo gritándole (¡qué linda conversación!) sincronizado, la letra de sus canciones.
Creo que me quedé más tranquilo conmigo cuando, sentado, a la salida de La Batuta la vi pasar y le aplaudí, haciéndole sentir que valoraba su voz, su música.
Ella no escuchó el aplauso, pero lo vio, y toda tierna me dijo hola, con la boca y con la mano.
Y ah! iba con un polerón amarrado hasta el mentón.
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